jun

17

2012

Quiero ser científica u odontóloga

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El Centro Escolar Hermosa Provincia, en Jicalapa, está lleno de sonrisas sinceras. Tanto en las mañanas, como en las tardes, la risa infantil estalla sin previo aviso, especialmente en los recreos.  La polvorienta cancha – escenario obligatorio de partidos de fútbol improvisados - sirve también como espacio de encuentro para disfrutar de un mango con sal y chile, acompañado del intercambio de miradas novelescas entre adolescentes.

Suena el timbre y todo cambia. Las aulas, cuyas paredes están tapizadas de dibujos infantiles, se llenan de un aire de disciplina académica. Los cuadernos aparecen en las mesas de trabajo y el conocimiento empieza a fluir.

Febe Izamar Romero y Merari Bexabé Guevara son dos amigas de 14 años de edad que, hasta hace poco, no se conocían: “Bueno, yo sí conocía a Merari desde que estábamos chiquitas. Las dos íbamos al mismo kínder y yo me acuerdo que nos peleábamos mucho, yo le halaba el pelo a cada rato, pero Merari dice que no se acuerda”, ríe Febe.

Ambas estudiantes viven en Jicalapa, del Departamento de La Libertad, en una de las zonas rurales más pobres de El Salvador. Ahí, en sus comunidades, la educación de las niñas no es prioridad. La pobreza obliga a familias, como las de Febe y de Merari, a elegir entre invertir en la formación de un hijo, o de una hija. Esta deliberación hogareña, usualmente influenciada por estereotipos sexistas, termina erosionando el desarrollo integral de las niñas.

“Yo estudié hasta sexto grado y después no pude seguir estudiando porque ya no alcanzaba el dinero, así que me quedé en la casa a ayudar a mi mamá”, explica Merari.

Algo similar le ocurrió a Febe: “Yo dejé los estudios porque mi familia ya no podía pagar el pasaje del bus, ni los materiales que piden en la escuela.  A mí me toca subirme a dos buses al día, uno de ida y otro de regreso, y cobran 0.25 centavos de dólar, cada vez. Como somos varios en la familia, el dinero sólo alcanza para el pasaje de mi hermano, así que yo dejé de estudiar y me quedé en la casa a ayudar con el oficio (doméstico).”

Es así como se limita el cumplimiento del derecho a la educación en condiciones de igualdad que tienen las niñas campesinas salvadoreñas.  Consciente de ello, Intervida desarrolla un programa de becas para que las niñas de las zonas rurales continúen su educación secundaria,  apoyando así al cumplimiento de sus derechos.

Este programa busca, además, concienciar a las 75 familias de las estudiantes becadas sobre el importante vínculo entre la educación continua y la  calidad de vida de toda persona.

“Mis papás me preguntaron si quería seguir estudiando y les dije que no. Es que pensé que me iba a sentir rara porque habían pasado dos meses y no había venido a la escuela. No sabía qué iban a decir las demás (niñas de mí). Pero mi papá me dijo que tenía que seguir y aprovechar esta oportunidad porque no a cualquiera le pasa”, dice Merari.

Por su parte, Febe – con 10 hermanos y hermanas – explica que “cuando se dio esta oportunidad me puse bien contenta, pero también me sentí un poco rara porque entré a la escuela en abril, cuando las clases ya habían empezado,  y no sabía si iba a tener amigos,  porque no conocía a nadie. Yo nunca había estudiado aquí. El primer día fue raro, pero como aquí mismo estudia mi hermano, ya al segundo día todo me hablaban. Ahora ya me llevo bien con todas mis compañeras y la pasamos bien divertido.”

 

Seguir estudiando, su prioridad

Las dos adolescentes son muy risueñas. Aseguran estudiar en un ambiente amigable y querer continuar aprendiendo sin importar los sacrificios que tengan que hacer: “Yo vivo más o menos cerca, porque solo un bus tengo que agarrar. Para venir a la escuela, me subo en el bus de las 6:40 a.m. y vengo rápido. Eso sí, para poder arreglarme me despierto a las 5:00 a.m. porque para bañarme sí se pone difícil, más si está haciendo frío o si está lloviendo, porque me toca ir hasta el túnel que queda en la carretera principal. Tengo que ir hasta ahí porque no llega el agua a la casa y tampoco voy a ir a la escuela sin bañarme“, comenta Febe.

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“Yo agarro el mismo bus de las 6:40”, asegura Merari. “A mí, no me toca ir hasta el túnel porque hay pila en mi casa, pero de que hace frío, hace frío  a esa hora”, agrega.

La historia de Febe y Merari es muy parecida a la de miles de niñas salvadoreñas que, debido a causas externas a ellas, son sentenciadas a limitar su crecimiento académico. Por ello, Intervida contribuye a costear el material escolar, transporte, calzado y alimentación de un año escolar para estas niñas, costes que que suman 330 dólares al año. Así, Febe y Merari están rompiendo tradiciones y construyendo un mejor futuro en la escuela.

“Yo quiero seguir estudiando e ir a la Universidad. Quiero ser científica u odontóloga. No sé por qué, pero me gustan las ciencias, aunque no me gusta para nada las matemáticas”, cuenta Merari. “Una vez, me herí y unas niñas me ayudaron junto con la maestra a limpiarme porque me estaba saliendo sangre de la pierna, pero no me dio asco, a varias sí les dio asco la sangre, pero a mí no, así que creo que podría ser una buena científica”, agrega.

Por su parte, Febe dice disfrutar de la mayoría de las materias que estudia “pero la que no me gusta es inglés, no sé pero no me gusta para nada.  Yo tengo planeado seguir estudiando y cuando crezca quiero graduarme de ingeniero. No sé si quiero ser ingeniero civil, o en sistemas, pero sí sé que quiero estudiar una ingeniería.”

Tags relacionados: Ella, Intervida, derechos niña, educación

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